Cuando alguien llega a tu vida una puerta se abre. Quizás no se abra de repente, a lo mejor sí, pero cuando alguien llega a tu vida algo comienza a nacer, a crecer, a parir frutos de ilusión, de alegría, de felicidad... Comienzan a cobrar vida pequeñeces que antes habían permanecido estériles a la sombra de una ventana con cristales empañados, y el frío rincón desolado, oscuro y mohoso se va tiñendo de vida, se va coloreando despacio, se va repletando de cálida luz.
Se da paso a la esperanza, señora paciente, aunque a veces desesperada, para que haga larga estancia en la habitación de ese extraño inquilino. Para que acompañe las largas horas de espera, las largas horas de fantasía, para que alimente a la ilusión, desaliente al desengaño, proteja los sueños y cultive una extraña amistad con la pasión desembocada y la prudencia espabilada. ¡Qué de vistas en la ventana! ¡Qué paredes tan abrazadoras! ¡Qué visitante ha llegado, por fin, a mi pequeño rincón! Bienvenido sea, señor, a mi humilde guarida, a mi escondite perfecto, a la parcela de tierra que jamás podrá llevar otro nombre. Aquí naces, aquí quedas, para toda la vida, para la eternidad. Y si un despavorido huracán osara arrancarte y llevarte lejos, adormecido en sus brazos, no lo permitiré, porque aunque lleve tu cuerpo, parte de tu ser, de tu alma, se queda conmigo, en esta morada que lleva grabada las huellas de tu estancia. Y si un día mueres, señor, en tu lápida reposará tu nombre, pero sin fechas, para guardar la atemporalidad del recuerdo, para hacer más lejano el presente y más cercano el pasado. Pero si vives por siempre a mi lado, cultivaremos juntos el jardín que ambos hemos imaginado, plantaremos narcisos, amapolas, y una secuoya, dibujaremos el cielo como tu lo has idealizado, con un Saturno de plata, una Luna de queso y un Plutón de verano y bailaremos juntos la melodía silvestre de un piano que acompaña a una flauta abandonada a su suerte.
(A Nemo)

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