Hoy es una de esas tardes en las que el reflejo del sol ilumina mi cara a través de un amplio cristal, una de esas tardes en las que pongo música, me quedo quieta, tumbada sobre el sofá, y me dejo llevar por los primeros pensamientos que acuden a mi mente. Hay tardes en las que el brillo del sol se opaca porque mis ojos pierden el sentido cromático de la vida, y comienzan a ver tristemente el color gris de las cosas. Hay tardes en las que mis pensamientos se ven ofuscados, se ven limitados, se ven envueltos en una capa de espesa niebla y es ahí cuando yo, con un té caliente sobre la mesa, me detengo a pensar. Pero hay tardes en las que no sé qué pensar. Hoy es una de esas tardes en las que el pensamiento se me queda lejos, es una de esas tardes donde sólo las viejas canciones me sirven de compañía y refugio. Y me resulta triste percibir tanta lejanía en lo que antes me parecía cercano y cálido. Y se me hace grande un sitio tan pequeño como el sofá, donde mi manta y yo compartimos el silencio, la oscuridad y la dureza de una habitación que se sabe gélida e infértil.
Ya no hay sol en el cristal, me he quedado en la sombra.
Y aparece a lo lejos un recuerdo de esa vieja canción. El recuerdo de una estrofa, de un verso, de un estribillo se convierten en el recuerdo de una sonrisa, de muchas sonrisas, de infinidad de sonrisas. También es el recuerdo de una multitud, de muchas voces, de más canciones que no recuerdo... Es el recuerdo de algo que ha desaparecido... Algo se ha convertido en un pasado demasiado lejano.

