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| Que los fantasmas del pasado no turben tu presente |
Sentarse a escribir algo no siempre es
fácil. A veces tengo que pensar mucho qué escribir, sencillamente
porque no tengo nada sobre lo que escribir. O quizás tenga mucho,
pero las ideas no fluyen a mi cabeza con las misma rapidez que otras
veces. Estoy en la biblioteca, y frente a mi dos chicos que acaban de
llegar no hacen más que conversar entre ellos. Eso me molesta, me
distrae, me impide concentrarme debidamente, hace que las ideas se
retuerzan más en su filamentoso espacio. Tengo ganas de mandarles a
callar. A mi derecha otra chica, como yo, utiliza el ordenador, pero
teclea muy fuerte, tan fuerte que casi percibo las palabras que
escribe. El resto de la gente es normal. Nadie se imagina que yo,
aquí y ahora, esté escribiendo en una bitácora un apartado sobre
ellos, sobre lo que hacen en este preciso momento. Casi todos están
profundamente sumergidos trazando olas de tinta sobre un libro o
folio. Otros, para desconectar cinco minutos del abrumado espesor de
letras o números, comen chuches y miran el móvil. Yo, escribo
sobre ellos. Los chicos siguen hablando. Un señor ha llegado y se
dispone a leer, o a estudiar. El libro que trae se titula:
“Diccionario Yidish-Español”. Ahora tengo que googlear para
saber que es el Yidish. Ha abierto la primera página. Uno de los
chicos que está sentado frente a mí lleva tatuadas en el brazo
izquierdo tres estrellas. ¿He dicho tatuadas? El chico que está a
su lado, mira constantemente a su alrededor; y también ha reparado
en el señor que estudia del diccionario. Creo que llamo mucho la
atención. Allá donde miro, obtengo respuesta. Queda media hora.
Media hora de biología. Hoy, no me apetece estudiar.

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