viernes, 9 de marzo de 2012

Y para más... hysteria


Que los fantasmas del pasado no turben tu presente

Sentarse a escribir algo no siempre es fácil. A veces tengo que pensar mucho qué escribir, sencillamente porque no tengo nada sobre lo que escribir. O quizás tenga mucho, pero las ideas no fluyen a mi cabeza con las misma rapidez que otras veces. Estoy en la biblioteca, y frente a mi dos chicos que acaban de llegar no hacen más que conversar entre ellos. Eso me molesta, me distrae, me impide concentrarme debidamente, hace que las ideas se retuerzan más en su filamentoso espacio. Tengo ganas de mandarles a callar. A mi derecha otra chica, como yo, utiliza el ordenador, pero teclea muy fuerte, tan fuerte que casi percibo las palabras que escribe. El resto de la gente es normal. Nadie se imagina que yo, aquí y ahora, esté escribiendo en una bitácora un apartado sobre ellos, sobre lo que hacen en este preciso momento. Casi todos están profundamente sumergidos trazando olas de tinta sobre un libro o folio. Otros, para desconectar cinco minutos del abrumado espesor de letras o números, comen chuches y miran el móvil. Yo, escribo sobre ellos. Los chicos siguen hablando. Un señor ha llegado y se dispone a leer, o a estudiar. El libro que trae se titula: “Diccionario Yidish-Español”. Ahora tengo que googlear para saber que es el Yidish. Ha abierto la primera página. Uno de los chicos que está sentado frente a mí lleva tatuadas en el brazo izquierdo tres estrellas. ¿He dicho tatuadas? El chico que está a su lado, mira constantemente a su alrededor; y también ha reparado en el señor que estudia del diccionario. Creo que llamo mucho la atención. Allá donde miro, obtengo respuesta. Queda media hora. Media hora de biología. Hoy, no me apetece estudiar.  

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